Porqué Ortodoxo.

Ser Ortodoxo no es simplemente adherirse a una confesión religiosa ni identificarse con una tradición cultural particular. Es, ante todo, vivir la plenitud de la vida en Cristo dentro de Su Iglesia, que es Su Cuerpo vivo en la historia. La Ortodoxia no se define por una idea, sino por una experiencia: la experiencia de la verdad revelada, custodiada y transmitida sin alteración a lo largo de los siglos.

La Iglesia Ortodoxa se reconoce a sí misma como la continuidad ininterrumpida de la Iglesia fundada por Cristo y vivificada por el Espíritu Santo en Pentecostés. En ella, la fe no ha sido reformulada según criterios humanos o adaptada a las corrientes del mundo, sino preservada en su integridad a través de la Sagrada Tradición, que incluye la Escritura, los Santos Padres, la Liturgia y los Santos Cánones.

Ser Ortodoxo es participar de esta vida. Es creer como la Iglesia cree, orar como la Iglesia ora y vivir como la Iglesia vive. No se trata de una fe individualista, sino de una comunión: una vida compartida en los sacramentos, especialmente en la Divina Liturgia, donde el fiel se une realmente a Cristo. La verdad de la Ortodoxia no es abstracta; se manifiesta en la santidad, en la transformación del hombre y en su camino hacia la deificación (theosis).

Además, la Ortodoxia mantiene una profunda coherencia entre fe y vida. No separa la doctrina de la práctica, ni la teología de la espiritualidad. Todo en la Iglesia —desde los dogmas hasta los gestos litúrgicos— tiene un propósito: conducir al hombre a la unión con Dios. Por eso, ser Ortodoxo implica una conversión constante, una vida ascética, sacramental y comunitaria.

Decir que la Ortodoxia es la verdadera vida de la Iglesia de Cristo no es una afirmación de orgullo, sino de fidelidad. Es reconocer que la Iglesia no pertenece a los hombres, sino a Cristo, y que su misión no es reinventarse, sino permanecer en la verdad. En un mundo cambiante, la Ortodoxia se mantiene como testimonio vivo de esa verdad eterna, ofreciendo al hombre no una ideología, sino la vida misma de Dios.

Por tanto, ser Ortodoxo es vivir en la Iglesia, no como espectador, sino como miembro activo de su Cuerpo; es caminar en la verdad, nutrirse de la gracia y avanzar hacia la salvación en comunión con Dios y con los hermanos.

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